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¿Lo cuento en el trabajo, o no?

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abogadoEsta es la pregunta que cada día se hacen miles de personas en todo el mundo, miles de individuos que viven con miedo al rechazo, con temor a que sus diferencias les hagan engrosar las colas del paro. La mujer esconde su condición de madre, el judío su religión y el homosexual sus preferencias amatorias. Ninguna de esas circunstancias tiene porque aceptar a su valía como profesional, y sin embargo, en un mundo gobernado por el hombre-blanco-cristiano-heterosexual de más de 40 años si que importa.    

 

Me encantaría decirles que no teman, que se descubran tal como son ante el mundo y ante sus compañeros de trabajo, que no pongan cortapisas a lo que son en lo más profundo de su alma, y sin embargo no me atrevo a hacerlo.
No me veo con el suficiente convencimiento como para aconsejar semejante cosa, principalmente porque los últimos acontecimientos vividos me han hecho darme de bruces contra el suelo de la realidad, muy distinta a las idílicas nubes en las que suelo habitar.


No merece la pena entrar en los detalles, pero sirva con decir que he vivido en propias carnes que es eso de la discriminación laboral, el que un jefe encuentre como desmerecerte a través de tu vida íntima (seguramente no tenía otra forma de hacerlo) y duele. Duele porque abre viejas heridas, porque es la parte de tu caparazón aún vulnerable.
Por suerte este tipo ha salido de mi vida, su incompetencia manifiesta y su condición de cavernícola han dado con sus huesos en la calle, dándome la oportunidad de quedarme agusto: yo seré el maricón pero el que te vas a la puta calle eres tú.


Afortunadamente esta especie está en peligro de extinción y ellos son quienes quedan en ridículo cuando manifiestan semejantes opiniones en público, y más aún en un ambiente laboral donde nada tendría que importar nuestra vida privada, y todas nuestras habilidades como profesionales.


De todo esto he aprendido que yo seguiré sin callarme nunca, porque no me da la gana, porque mi dignidad vale más que unos miles de euros al mes. Pero, como decía antes, también he aprendido que ya no me atrevo a aconsejarle esto a los demás, cada uno tiene sus circunstancias, yo no tengo una familia que mantener ni mi trabajo es una obra, quizás en esos casos haya cientos o miles de personas que tengan que seguir en silencio.
Y aún dicen que de que nos quejamos, que ya vivimos en una sociedad sin discriminación: Y un cuerno!

 

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